Contar historias es un acto de fe. Pensar que lo que quieres decir llegará a la audiencia y, no solo se entenderá tal cual tu lo pensaste, si no que además emocionará y conseguirá provocar en los espectadores la reflexión que se pretende, es un objetivo loable.
Con ese ánimo, el film La Campaña nace de la idea de dar a conocer, desde dentro del mismo colectivo que la protagoniza, las realidades diversas de quien lo componen. No están todos, es cierto, de diversidades afectivo-sexuales y de género hay centenares, además de que esas realidades se interseccionan con otras miles de diversidades en todo el espectro de la identidad humana: raza, etnia, procedencia, estatus social, y un largo etcétera, configuran una humanidad tan, tan diversa, que la propia diversidad es la norma. Todos, todas y todes somos igual de diferentes.
Como digo, con ese ánimo pedagógico de acercar realidades diversas, nace una historia cotidiana, veraz, sincera, sin ningun victimismo, sin acritud. Es una historia bonita, tierna, que, sin dejar de tener sus tensiones por los conflictos generacionales de sus protagonistas (la edad y el paso del tiempo, con su consecuente evolución social, también son ejes importante en el universo de las identidades) pretende tener una visión positiva del camino evolutivo de sus protagonistas.
Comienza la aventura, pues, de contar al mundo que la diversidad está aquí, que es buena, y que ha llegado para quedarse. Que los tiempos cambian y que hay que celebrase.
Arrancamos con la producción de La Campaña con el afán de contar su historia, de que emocione y de que provoque en los espectadores, espectadoras y espectadoris, no solo la reflexión que se pretende, si no también la celebración del amor sincero.